sábado, 17 de diciembre de 2011

Un cuento Intrincado y engañoso

Pareja: España/Capitanía Genera l de Chile.
Época Histórica: Colonia tardía.
Advertencias: +18 años. Violencia. Referencias al Portugal © Candesceres
Créditos: Antonio Fernández  (Spain)  © Himaruya Hidekaz/Benjamín Alfaro (Chile) © Thomas McKellen/Sweetivicious

Cuando existes bajo el alero del Señor Todopoderoso existen ciertas líneas que no puedes cruzar, so pena de perder el alma. Y si el deseo emerge, bueno es disciplinar a la carne pecadora por la osadía y combatir a demonio tentador con la frente en alto y el nombre de Dios en los labios, para no olvidarnos de su Manto sobre nuestros hombros.

Aunque Antonio tiene esto grabado a fuego en su memoria algo ocurre cada vez que visita Chile, pues en estas tierras le es imposible hallar consuelo a su angustiosa condición. Benjamín parece haber nacido con la maldad en la sangre y luego de haberlo rescatado de ese bosque sembrado de muertos hace ya muchos años la situación empeora cada día. Casi no puede respirar cerca de él sin sentir la tensión y el grito de aquella carne ansiosa llamándolo de noche y de día. Por desgracia, el permitir que esta Capitanía se deje el cabello largo no hace otra cosa más que tentarlo al evocar aquellos recuerdos enterrados en su memoria hace muchos años atrás, el día en que abrazó a Cristo y recibió la bendición del Papa al nombrarlo guardián de Lovino Vargas.

¿Por qué debe acudir ese recuerdo? ¡Por qué estos indios son tan viciosos y libertinos? No importa cuánto se esfuerce por educarlos, ellos no dejan de transitar medio desnudos por aquí y por allá y mucho menos comprenden la corrupción de los placeres terrenales. Dios no les interesa y siempre aseveran con burla en los labios que su dios, Antü, es quien los anima a buscar su energía a través de aquel pecado innombrable.

¡Maldita sea! Son todos unos degenerados.

Por estas razones es que no tolera encontrarse con Benjamín a solas en ningún lado.

Maldita Capitanía General de Chile: es una trampa de arena en la cual cualquier gesto lo hunde un poco más, ahogándolo; ciertas mañanas Antonio despierta con la convicción de encontrarse al borde de cometer un imperdonable error y furibundo envía al muchacho a cumplir deberes lo más alejado de él, para no mirarlo, para no escuchar su voz ni por un instante ¡Qué ganas de largarse a Perú!, sin embargo esos bárbaros mapuches deben ser sometidos a cómo dé lugar o desperdiciará las vidas de sus hombres para nada.

No es todo. Por las noches, sobretodo cuando es verano y el calor estancado de la ciudad hace mella en sus sentidos, España puede jurar que ese crío echa a andar un plan macabro para enloquecerlo. En medio del calor estancado de Santiago, el dormir es difícil para este Imperio que se queda la mayoría de las veces en una molesta duermevela y siente que entre las sombras una figura acecha por largo rato su cama, allí, en el borde de lo que nunca sucede pero puede acontecer, como una pavorosa pesadilla extendiéndose en el silencio durante horas. Sabe quién es y su desazón resulta intensa con la certeza. Las ocasiones en que se levanta para enviar a la cama al impertinente no encuentra a nadie pero su corazón no se calma al constatar semejante hecho.

El cazador nunca se complace de ser la presa.

Y finalmente, cuando puede conciliar el sueño su mente se sumerge en los años junto a Portugal, a Gabriel y aquellas enseñanzas inconfesables adquiridas a espaldas de Al-Andalus. La piel de España se eriza y la figura breve, difusa de su hermano desnudo se sienta a horcajadas sobre sus caderas para acariciarlo con una sonrisa ladina en la cara. Solo que este Gabriel, este Portugal no lo mira con sus ojos verdes ni cuando acaricia aquel rostro amado sus dedos encuentran la cicatriz que lleva desde joven.

España llega a creer que Chile lo toca cuando se encuentra dormido y, para su desgracia, esta idea no lo asusta menos de lo que le excita.

No se trata dem mero apetito por un cuerpo juvenil y bien formado; el desafío, la insolencia resultan atributos atractivos para su imaginación juguetona, tal vez más allá de toda prudencia. Nada disfruta tanto como castigar el atrevimiento de este hijo en particular porque debe someter el brillo carmesí de aquellos ojos con eficiencia. Al Imperio dentro de Antonio todavía le es difícil creer que una franja de tierra tan insignificante como aquella le provoque tantos dolores de cabeza. En el sur no hay simples indios; es la misma boca del Infierno la que escupe animales convenencieros y viles. Si solo pudiera… poner en cintura a este mocoso, su misión terminaría por fin y regresaría a casa en el primer barco que encuentre.

Capitanía, por otra parte, recoge los frutos de su esfuerzo cada vez que el ruido del látigo al morder la espalda ajena llega a sus oídos. Considera que este tormento es lo mínimo que merece un hombre tan desalmado: Poseer con dolor y desagrado la tierra que se ha robado y no sentirse a gusto en ella.

Sí, podría escuchar las palabras de su hermana Inés y apoyar a los mapuches en una guerra frontal y sin cuartel, sin embargo, expulsar con violencia a España de su hogar no resulta ni de lejos tan divertido como torturarle; prolongar su conflicto interior le aporta tantas satisfacciones al joven chileno, ciertamente. Y es tan raro cómo aquel rito violento de la disciplina que antes le provocó tanto miedo y asco a Benjamín ahora le resulta hasta excitante, aunque no sea capaz de precisar el por qué exacto de su fascinación ante la piel sangrante de su padre cada vez que se castiga por sus pensamientos impuros. Incluso, el muchacho sonríe con burla y desdén ante estos actos, considerando que este Imperio es estúpido al abrazarse con semejante desesperación a un dios de odio como el que lo domina.

Complacido por ver sufrir a su Conquistador, el muchacho no se mide al momento de disfrutar las posibilidades, mirándolas a través de la puerta entornada.

Y, ambos comprenden rápido, son capaces de provocarse de esta manera para siempre.

¿Por qué continúa atado a este crío?, se pregunta Fernández con frecuencia. Chile es una mera Capitanía dependiente, que requiere explicaciones una y otra vez para entender el mundo y que aún así desoye las órdenes y hace su voluntad a través del engaño y la astucia, como un delincuente. Sí; debería aplastarlo y echar sal sobre la tierra, sin embargo Holanda e Inglaterra rondan como cuervos este continente para obtener solo un centímetro de suelo desde el cual fastidiarlo. Para desgracia de este humilde súbdito de Su Majestad, la gran utilidad de este territorio es la de defender de cualquier ataque al niño de sus ojos, Perú. Sin estos insignificantes humanos recibiendo los golpes por Virreinato, el centro de actividad del Cono Sur se detendría por completo, algo que no debe permitirse con Portugal disputándole cada dos por tres Colonia do Sacramento, sin contar el apetito insano que Brasil empieza a desarrollar por Paraguay y Río de la Plata.

No importa cuánto esfuerce sus pensamientos, es imposible deshacerse de Benjamín sin afrontar nefastos riesgos.

Y mucho menos luego de sorprender la mano enguantada de Arthur Kirkland entrometiéndose en sus asuntos otra vez, como si pasarse todo el santo día encima de Dos Anjos no le fuera ya bastante calvario.

Mientras Capitanía se esmera en tomar apuntes de un libro a la luz de las velas, Antonio siente cómo le flaquea la voluntad otra vez. ¡Se parece tanto a Gabriel!, incluso, si lo mira con descuido podría pensar por un momento que retrocede en el tiempo, que esta es la biblioteca de Al-Andalus y que a su lado se encuentra él, en busca de algo que Antonio jamás fue capaz de comprender.

Entonces regresan a su mente aquellas evocaciones llenas de ternura, de lujuria inocente y tras ellas, presurosas, las que contienen la más profunda de las amarguras.

Ahogado esta vez por las remembranzas España anuncia que a la mañana siguiente partirá a Lima y se dedicará a administrar todos los asuntos de Chile desde allá. Al mismo tiempo su hijo decide en el fondo de su corazón que este hombre no lo abandonará sin pagar el precio por este nuevo insulto.

Todavía confuso en su identidad y pensamientos la Capitanía no comprende que por su padre forzoso siente algo más complicado que el ímpetu de castigarle por sus fechorías: enredado en el deseo de su piel y la obsesión de su lenta venganza también se encuentran el amor y el respeto más profundo que se pueda sentir por un padre. Solo que Chile, también sometido a las reglas de la religión Católica no concibe dentro de su cabeza algún sentimiento por su “padre” con tales implicancias, sobretodo cuando uno de los pocos tabúes de su sangre ancestral resulta ser semejante al de su nueva religión; un padre y su hijo no tienen lugar en este mundo para algo más allá de una unión fraterna.

Esto hace que la traición, el rencor y la decepción sean más fáciles de abrigar para ambos, a ver si con eso se les olvida aquella atracción que los obliga a mirarse de lejos sin disfrutar de un contacto tan necesario como un abrazo, enfocados no en ver lo que es un hecho sino lo que oculta cada uno de los gestos opuestos, posibilidades… posibilidades.

Es el cariño que no pueden refutar el que pone en los labios de ambos un rictus de amargura ante el anuncio, que no los alivia para nada.

***

Esta es la tercera ocasión en que Benjamín se atreve a desobedecer a Antonio y sale de su habitación durante la noche. La primera vez en que sabe que será descubierto. Contra lo que España cree, la Capitanía nunca se mete a su cuarto de noche y mucho menos le ha tocado; el chiquillo siempre se contenta con solo pensar en él y aprender a acariciarse soñando que sus dedos todavía infantiles son las manos toscas de su Conquistador, gimiendo su nombre y el gozo que e provoca con la mandíbula apretada, bajo las colchas.

Como supone, las criadas y los guardias conciertan un momento para reunirse a tomar mate en la cocina y los pasillos de la casa se encuentran absolutamente despejados para deslizarse a través de ellos a placer. La puerta del cuarto de su padre cede tras un par de intentos y Benjamín entonces le contempla tendido sobre su cama, desnudo y descubierto para combatir el aire estancado de la madrugada de verano en aquella monstruosa tierra. El muchacho se sube a la cama con agilidad y al principio se acomoda al lado del durmiente, para tenerlo cerca. Aún en este estado, España nota el cambio de peso entre las sábanas, más no toma conciencia de su invasor, por lo que cree soñar con su amante tan añorado.

-Dragón… -le llama en un susurro- Dra… gón…-Capitanía no entiende del todo qué significa aquella palabra para Antonio, pero de todas maneras se atreve a acariciarle el cabello en un gesto de ternura de aquellos prohibidos entre ellos. No hay odio en el corazón de Chile ahora; el sentimiento es tan extraño que todavía intenta explicárselo a sí mismo sin mayor éxito. Todo lo que sabe es que quiere tocarlo y nada más, porque mañana él se irá y, como los demás, lo dejará solo.

La idea aún le irrita, sin embargo es la voluntad de su padre y no queda más remedio que obedecer y callar cualquier reclamo al respecto. Pronto las manos bajan de la cabellera oscura y ensortijada, rozando con leve temor el cuello y luego la espalda soberbia que ha soportado tanta disciplina y todavía mantiene su gallarda postura de la infancia, la majestad de la musculatura entrenada para tolerar cualquier inclemencia sobre ella, cualquier carga y continuar su camino sin respiro.

-Dragón…
-Antonio… -la voz de Capitanía es terciopelo en sus oídos, la mano tibia resulta agradable y España entreabre los ojos para comprender que allá no se encuentra Gabriel sino Benjamín.
-Puedes subirte sobre mí y tocarme más –le dice el hombre, su cabeza por fin lejos de todas las amenazas sobre el Infierno con los que le cambiaron el carácter hace tantos años.
-Yo… -vacila el muchacho, sabiéndolo despierto.
-Súbete y tócame –ordena ahora el Imperio, ansioso de ese calor. La piel se le eriza cuando su compañero obedece en silencio, ambos llanos a permitir que el apetito y la sorpresa los controle por completo, la sensación de lo prohibido atenaza sus sentidos, magnifica cada movimiento. La espalda de Antonio es perfecta, comprueba Chile con las mejillas rojas de deseo mientras el sexo de su amante se aplasta contra las sábanas al responder cada roce de la entrepierna ajena sobre sus nalgas memorables.

¿Por qué la perdición es tan apetecible?

El silencio acusa los gemidos y el fru frú de las telas próximas, la oscuridad una cómplice más de esta extraña aventura.

-Lo haces bien –murmura el Imperio y su Colonia se esmera un poco más, apegándose a él hasta que se recuesta por completo sobre el espinazo ajeno, ondulándose. El sexo de Benjamín toma pronto su forma definitiva y su compañero reciba aquella humedad con una sonrisa.
-Es muy… rico –confiesa el adolescente en un jadeo pegajoso.
-Quítate la camisola, hijo –le ordena otra vez con un tono quedo, un matiz de cariño y hambre en su voz, en la manera en que se reacomoda en la cama y antes de que su amante pueda reaccionar el mismo le quita la prenda de humilde lino con gestos amables. El cuerpo de Benjamín tiembla en la anticipación, con Antonio no puede mostrar esa malicia traviesa de la que suele hacer gala ante los demás. Con su padre cada acción resulta natural e inquieta, la ansiedad en ristre, por fin un niño en medio de su aprendizaje, tan nervioso que no puede siquiera abrir la boca para responderle.

Tras desnudarlo, el hombre se pone de pie y avanza hasta un candelabro sobre su escritorio, para encenderlo y mirarle a la cara finalmente: Chile es hermoso en su pequeña extensión, piensa España, tan parecido a Pillán y al mismo tiempo digno hijo suyo, cada músculo tenso, apenas definido por el uso, el brillo de su piel más morena en esta media luz y esa coleta cayéndole por uno de los hombros con inigualable gracia.

Le apetece. Pero no se dará gusto tan rápido.

Por su parte el joven se queda quieto y no reacciona. Ha visto a Antonio desnudo muchas veces en su vida, pero la situación ahora es tan distinta; no cabalga a una mujer no está reeducándose frente a la cruz por algún motivo fuera de su alcance. La situación varía bastante, tanto que por primera vez teme ver hecha realidad su fantasía.

-¿Te asusta, hijo? –le pregunta España, dejándose observar con algo de vanidad, porque se sabe irresistible para estos indios y sus avatares no tienen motivos para comportarse de otra manera. Es perverso y al mismo tiempo una maravilla que lo conmueve.
-Yo…
-Vamos, Benjamín –le llama con burlona extrañeza -, a ti te encanta hablar de las cosas bonitas ¿acaso no te parezco digno de halagar con tus palabras?
-Si…
-¿Me quieres?
-Claro que sí, España –responde ahora con más seguridad.
-¿Quieres tocarme un poco más? –el joven asiente- Acércate entonces.

Benjamín no se hace repetir la orden. Aún de pie, aproxima su piel a la ajena para repasar con sus manos el pecho del Imperio, inseguro de hacer o no lo correcto, más Antonio no le da oportunidad de cuestionarlo en voz alta al apoderarse de sus nalgas y apretarlas sin piedad, marcándole el ritmo que deben seguir sus ondulaciones, una cadencia personal, muy distinta a la que tiene Río de la Plata. Celoso hasta de lo que piensa su Colonia, España lo apega contra su desnudez con violencia y ambos sexos se encuentran en el espacio estrecho con un roce que los obliga a gemir al unísono y mirar en los ojos del otro ese brillo del placer y el miedo, el verde del mayor cargado también con apetito y ambición, sus dedos conquistan la carne ajena de nuevo, lo marca como suyo con aquella intención que no se puede olvidar, grabada a fuego en Benjamín cuando Antonio inclina su boca y musita contra su oído:

-Necesito… yacer con vos –el aliento de España contra él así como la intención en sus palabras provocan una descarga eléctrica en el joven ante la que este solo se estremece con los párpados bajos para controlar la compulsión de escapar, arruinándolo todo-. ¿Es esto lo que buscas de mí, Benja?
-Es lo que quiero –hay algo en el tono que irrita a Antonio.
-Eres una alimaña -la voz equilibrada solo para estimular más al adolescente y tenerlo a su merced lo antes posible-… provocándome así por tanto tiempo ¿crees, hijo, que soy estúpido?
-Mhh… Antonio…
-Debería exponerte en la plaza para que la gente sepa lo morboso, lo vicioso que eres ¿quieres eso, Benjamín? ¿Que se avergüencen de ser parte de este niño malparido? –Chile se arrima más a él, la rabia sale a flote también. Las manos voluntariosas arañan el torso ajeno para callarlo, provocándole una sonrisa en cambio-. Eres un crío sucio y lo sabes.
-No… más sucio que vos, padre –responde por fin Benjamín, sin mirarlo a la cara-.Eres tú es que mete sus dedos ¡Ah! Ah-ahí…
-¿Te gusta? ¿Ah?, puedo meterte lo que quiera, sois mío…

La boca de Antonio muerde la ajena con enojo también.

-¡Ah!
-Dilo. Mío.

Pero la voz no acude y los dedos ajenos se clavan entre sus nalgas, como represalia sin lograr que Benjamín vuelva a hablar. El muchacho simplemente gime una y otra vez, roces en su sexo todavía firmes, sin perder ni por un instante ese ritmo que le quita el aliento, la cabeza del adolescente regocijándose en el triunfo que ahora exhibe frente a su padre. Tal y como lo ha aprendido en todos estos años entre los viejos que van y vienen, el control es de quien consigue mantenerse sereno.

Antonio de pronto comprende la treta y decide realizar un pequeño cambio para no perder el dominio de la situación. Suelta a Benjamín para tomar su mano con más delicadeza, llevarlo a la cama y finalmente sentárselo entre las piernas, ambos deslizándose entre las sábanas con vocación de fieras, sin dejar de mirar las pupilas brillantes del otro. Ahítos de malicia, ambos comprenden que no han dejado de lado ni por un segundo su pequeña, egoísta, guerra personal.

Muy bien: España demostrará otra vez el por qué es un Imperio.

-Ahora aprenderás cómo tienes que calentarme… le comunica, las palabras por fin desnudas de metáforas sin sentido-, ¿Tienes miedo? –hay burla en su voz y el muchacho niega con la cabeza por orgullo, aunque en el fondo su propia audacia lo mantiene algo inquieto; por esto es que Antonio no le da un momento para arrepentirse y toma en su mano el ansioso sexo ajeno, apretándolo con la tensión adecuada antes de jalar el prepucio hacia abajo.
-¡NGH! –el muchacho atina a cerrar los ojos, sacudido por la sensación.
-Sí, eso pensé: mucha boca y poca acción –con una sacudida el sexo hinchado se moja también, Capitanía apenas puede gemir y frotarse contra su amante en pronunciados espasmos, asustado y caliente al mismo tiempo, sin sangre para mover otro músculo y escaparse.
-Eres mío. Dilo.
-¡Ah! Mhh… ahh… -el muchacho entre sus manos aprieta la mandíbula y al notar el destello ambicioso de España se sabe perdido otra vez. Encimado sobre su padre, Benjamín no tarda en constatar cómo el miembro ajeno, mojado a su vez, se abre paso a través de sus nalgas para presionar ligeramente contra la entrada, obligándolo a separarse un poco para evitar…
-Venga, Benja, sabes que lo quieres.
-¡Mh! No, eso no…
-¿Qué pasa? ¿Te da miedo? –esto es un juego de grandes y por la insistencia con que su padre intenta abrirse paso oliendo y lamiendo la carne morena de una manera en que lo excita más, no tiene intención ninguna de dar pie atrás. Antonio le muerde el lóbulo de la oreja y él baja un poco para volver a tensarse y sostenerse un poco más arriba.

Interesante desafío.

Para el Imperio no pasa desapercibido el hecho de que su Capitanía ya no está tan seguro de “jugar” como al comienzo ¿Qué es lo que quiere, en el fondo? Hace muchos años que le atormenta, metiéndosele en los sueños para que se obsesione con él y ¿ahora pretende escaparse? ¿Cuál es la idea? ¿Solamente hacerle sufrir?

Bien, si es eso, se asegurará de que Benjamín pase un buen susto y aprenda la lección. La seducción continúa sin vacilación, mordiendo más, marcándolo con cada caricia e insistiendo entre los gemidos enronquecidos de apetito para que reconozca que le pertenece y se entregue a él de una buena vez.

Los miembros se tocan más, manos expertas guiando el sexo tierno para que esa boca que tantas heridas le ha infligido esta noche rinda homenaje a su destreza y su sensualidad. Para su amante el placer no se compara con nada que haya leído o imaginado antes, ni siquiera con las caricias de Inglaterra en su barco de juguete o con lo que sintió la noche en que se enredó en las sábanas de Río de la Plata para abrirle los ojos y hacerlo ver su amor.

No, esto es más terrible que un terremoto, su piel arde, se contorsiona en suaves sacudidas y su entrada late como si quisiera besar con sus pliegues turgentes el miembro de su padre. La habitación, iluminada por el candelabro, es el marco perfecto para esos ojos verdes y afiebrados que se lo devoran y le impiden mirar a ningún otro lado más, hipnotizado.

-Dilo. Eres mío y de nadie más –Y ante esta orden repetida una vez más, el alma pequeña se rebela para ahogarse en el placer, los besos que comparten se tornan dentelladas y ese verde le hace sentir algo humillado, aunque ahora mismo no le importa: el mero hecho de estar en la cama de su padre le resulta demasiado perverso por sí mismo.
-Nunca voy… ¡Ah! Mmhh… Antonio… padre… -el orgasmo de Benjamín se encuentra cercano, España lo nota por la fragancia a canela que inunda el ambiente. Aun con toda esa rabia borboteando de su alma, este niño llegará a su clímax…

Solo otro hombre le deseó de esa forma, incluso cuando sostuvo sobre su cuello la cimitarra con la intención de decapitarle. Y este mocoso, esta odiosa Capitanía, se le parece tanto…

“¿A quién intentas hacerle el amor, España? ¿A tu hermano o a este pobre niño que tiene el infortunio de parecérsele?.”

-Abrázame –Chile obedece aferrándose a su cuello en el momento en que se derrama en la mano de su Conquistador sin que este intente nada más aparte de aliviar su deseo. Benjamín jadea sin aire, la habitación a oscuras tras una brisa que las apaga. Ahora, en penumbras otra vez, el roce de los cuerpos cobra un protagonismo mayor.
-Padre…
-Shh…

Se encuentran sucios ahora. La vergüenza es mucha para el joven pero su amante le impide marchar hasta que le quita toda la semilla del estómago y la lame de sus dedos, pensativo.

-Parece que ya lo entendiste. Ahora harás lo que yo te diga ¿entendido? –retoma la palabra Antonio luego de no dejar nada-. Esto jamás pasó. Y si se lo cuentas a alguien, Benjamín, ya sabes lo que te espera ¿está claro? –la Colonia asiente, silenciosa. Y aunque lo dijese ¿A quién le interesaría, aparte de Inglaterra?, no se trata de algo extraño. Todos los días ocurren cosas así entre sus hijos y los de España.

Finalmente Benjamín regresa a su cuarto, confuso ¿Por qué, si es malo, sintió tanto placer? Aunque debería odiarlo más que nunca, la verdad es que tras esto le resulta imposible quererlo menos. Además, él también sabe que no es una víctima, él lo buscaba y siempre supo cómo iba a terminar. Estaba dispuesto, pero…

El recuerdo de Río de la Plata y su sonrisa lo hicieron tambalear.

Y así fue como se torció de nuevo todo lo demás.

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